Por Luis Mis – Gato Maya
Si la política fuera un circo —y en Quintana Roo lo es—, Ana Paty Peralta sería esa acróbata que sigue sonriendo aunque ya le quitaron la red y el foco. Aún no cae, pero todos sabemos que el espectáculo terminó.
Porque lo que vimos en el reciente informe del senador Eugenio “Gino” Segura no fue un evento legislativo: fue una demostración de poder con coreografía, escenografía y libreto al estilo del viejo PRI, pero con el sello guinda del “nuevo” Morena. Mara Lezama llegó como la gran domadora del espectáculo, y todos los animales del corral —secretarios, operadores, alcaldes, hasta los espontáneos de siempre— se alinearon con obediencia de zoológico bien alimentado.
Y ahí, en medio de la función, Ana Paty Peralta, la alcaldesa de Cancún, apenas si alcanzó la sombra de la marquesina. Ni el aplauso, ni la foto, ni el reflector. El mensaje fue tan claro como cruel: gracias por participar.
La presidenta municipal que soñó con la candidatura a la gubernatura —y que llevaba meses practicando su sonrisa de campaña y su discurso de continuidad— se topó con la realidad más dura: en el “movimiento” la lealtad se mide en kilómetros recorridos al lado de la gobernadora, no en votos o gestión. Y en esa carrera, Ana Paty llegó tarde y sin zapatos.
Mientras Mara Lezama recitaba su evangelio del “humanismo transformador” con el fervor de quien reparte bendiciones electorales, el resto del presídium asentía con el entusiasmo del que ya sabe qué lado del pan tiene mantequilla. Todos los caminos llevan a Gino, decía la escenografía. Y quien no lo entendió, que compre lentes.
Ana Paty, la alcaldesa que alguna vez creyó que Cancún era trampolín, acaba de descubrir que más bien era una alberca inflable. Su administración, plagada de discursos reciclados y poses de “lideresa joven”, no logró construir ni base política sólida ni narrativa propia. Y en Morena, donde la lealtad se mide en aplausos y no en resultados, quedarse sin padrino es el equivalente a una sentencia política.
Lo irónico es que mientras la maquinaria guinda se aceitó y rugió como en los mejores tiempos del priato —acarreo incluido, por supuesto—, los ciudadanos de Cancún seguían esperando que alguien les hablara de seguridad, transporte o basura. Pero esas cosas no llenan auditorios ni suman en las encuestas internas.
El show debe continuar, dicen. Y continuará, pero sin Ana Paty en el escenario principal. Su papel, ahora, será el de espectadora resignada de una obra que alguna vez soñó protagonizar. Porque en el teatro político de Quintana Roo, los aplausos no se ganan: se asignan.
Y como buen gato, uno solo puede sentarse en la barda, observar el desfile y maullar con ironía:—Otra que se creyó leona… y resultó gatita de utilería.
